Llegada del café a América. Blogonovela, parte final
La tormenta, la tierra a la vista, y lo que pasó con la planta de Gabriel Mathieu de Clieu.
Blogonovela: la llegada del café a América.
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Tres días después, el Normandie enfrentó una fuerte tempestad: nubes grises, casi negras, oscurecían el cielo; fuertes vientos obligaron al capitán a replegar las velas, temiendo que se rompieran. Se amarraron las cosas importantes, se prepararon los hombres, la lluvia olía a desastre.
De Clieu nunca había vivido algo así. Al salir a cubierta, los vientos casi lo arrastraban fuera del barco; tuvo que sujetarse de donde pudo. Cuando alcanzó al capitán, entre gritos sofocados por el viento, le preguntó si había manera de saber cuánto tiempo estarían en la tormenta. El capitán sonrió con una mueca y le contestó, sujetándolo del cuello de la camisa para hacerse escuchar: “Señor De Clieu, ¡solo Dios sabe la duración de estas tormentas! Pero le digo, por Dios, que salimos de esta o nos morimos todos”.
El militar regresó a su camarote y se encerró, la coffea arábiga acompañándolo, fuertemente sujeta a un madero del casco: si se hundía la nave, la planta y todos los hombres se hundirían con ella.
Pero después de seis horas, la tormenta aminoró, las nubes grises desaparecieron y dejaron un cielo azul, cristalino; el sol subió con todo su esplendor, las aguas se calmaron y la alegría regresó al barco.
Así avanzaron dos días más, los marineros pescando desde la borda atunes, pulpos y sardinas. Pero al tercer día, el viento simplemente desapareció; un calor sofocante invadió el ambiente, el agua del océano se mantenía en calma, a veces tan quieta que parecía sólida. El capitán tuvo que racionar el agua potable.
Para Mathieu de Clieu era doble el sufrimiento, por él y por su planta, acostumbrada a ambientes frescos: temía que el pequeño esqueje se secara por la temperatura, y tuvo que darle la mitad de su ración de agua, mojándole las hojas y la tierra reseca de su maceta.
Todos los días, en la mañana, un marino subía al mástil principal, de quince metros de altura, y oteaba el horizonte en busca de un indicio de tierra. Y siempre bajaba con la cara de angustia.
Al quinto día, el marino vigía subió y apenas había llegado arriba cuando dio un ronco grito, producto de su garganta seca, sin probar agua: “¡Tierra! ¡Tierra a la vista!”
Todos se aproximaron a la borda, cubriéndose los ojos del resplandor del sol; y sí, a babor, una tenue línea verde azulada se levantaba sobre las olas. El capitán tomó su catalejo y observó con cuidado; luego una sonrisa le cruzó el rostro al tiempo que una fuerte brisa se empezó a sentir en los cuerpos de los hombres: el viento regresaba, la tierra estaba a la vista. Lo lograrían.
“¡Es la Martinica!”, anunció con alegría el rudo capitán. El viaje había terminado.
Gabriel Mathieu de Clieu prosperó como productor de la coffea arábiga; llegó a ser nombrado gobernador de las islas veinte años después, y fue bienvenido en las cortes del Rey Luis, nieto de aquel monarca a quien el militar había sustraído el esqueje que dio la vuelta a medio mundo para llegar a América. Cincuenta años después de su llegada, se contabilizaron más de 50 millones de plantas descendientes de aquella pequeña pero resistente primera planta de café.
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