Llegada del Café a América. Parte final Blogonovela del café.

Misión cafeto en la historia de Mathieu de Clieu

Gran Final

Parte 1

Parte 7

Llegada del café a América

Tres días después; el Normandía enfrentó una fuerte tempestad, nubes grises casi negras que oscurecían el cielo, fuertes vientos que obligaron al capitán a replegar las velas temiendo se les rompieran; se amarraron las cosas importantes, se prepararon los hombres, la lluvia olía a desastre.

De Clieu nunca había vivido una cosa así, al salir a cubierta los vientos casi lo arrastraban fuera del barco, tuvo que sujetarse de donde pudo, todo estaba mojado; algún marinero le ayudó a avanzar mientras el militar buscaba al capitán, quien junto al timón indicaba al piloto como maniobrar la nave para enfrentar las olas que a cada instante crecían en tamaño, rompían en el casco y bañaban con agua salada a los hombres en cubierta.

Cuando alcanzó al capitán, entre gritos sofocados por el sonido del viento aullando entre los mástiles y cuerdas; le preguntó si había manera de saber cuánto tiempo estarían en la tormenta; el capitán, sonrió, con una mueca y le contestó mientras lo sujetaba del cuello de la camisa y acercaba su rostro al suyo, al tiempo que buscaba su oreja más próxima para gritarle fuerte, para ser escuchado sobre el rugir de las olas:

-Señor De Clieu ¡Sólo Dios sabe la duración de estas tormentas! Pero si le digo, por Dios, ¡que salimos de esta o nos morimos todos!

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“llegada del café a América”

De Clieu lo miró con ojos de asombro y le iba a contestar algo, cuando el capitán le gritó de nuevo: “¡Vaya a su camarote! Aquí corre peligro, vaya y no salga hasta que todo termine.”

El militar ya no dijo nada, regresó por su camino y se encerró en su camarote, la coffea arábiga, lo acompañaba fuertemente sujeta a un madero del casco del Normandie, si se hundía la nave, la planta y todos los hombres se hundirían con ella.

Pero después de seis horas, la tormenta aminoró, las nubes grises desaparecieron y dejaron un cielo azul, cristalino, el sol subió con todo su esplendor, las aguas azules se calmaron, el viento fresco empujaba suavemente al buque, la ruta fue trazada y la alegría regresó en el barco.

Así avanzaron dos días más, los marineros pescando desde la borda atunes, pulpos y sardinas que el cocinero y el pinche preparaban para los hambrientos marineros.

Pero al tercer día, el viento simplemente desapareció, un calor sofocante invadió el ambiente; el agua del océano se mantenía en calma, a veces tan quieta que parecía sólida; pequeñas nubes, muy altas, pero que no cubrían los rayos solares aparecían en el cielo azul y el calor se hizo infernal, los marineros buscaban los pocos lugares frescos, debajo de cubierta; el capitán tuvo que racionar el agua potable; el vino, las actividades al mínimo.

Tres días pasaron y nada cambiaba, para Mathieu de Clieu era doble el sufrimiento, por él y por su planta, acostumbrada a ambientes frescos, temía que el pequeño esqueje se secara por tan seria temperatura; el militar tuvo que darle la mitad de su ración de agua a la planta, mojándole las hojas y la tierra reseca de su maceta.

Todos los días, en la mañana un marino subía al mástil principal, de quince metros de altura y oteaba el horizonte en busca de un indicio de tierra a la vista. Y siempre bajaba con la cara de angustia.

Al quinto día; el marino vigía realizó su rutina y apenas había subido cuando dio un ronco grito, producto de su garganta seca, sin probar agua:

-¡Tierra! ¡Tierra a la vista!

Todos se aproximaron a la borda y buscaban con la mirada, poniéndose la palma de la mano sobre los ojos para cubrir el resplandor del sol; y sí, allá a babor, una tenue línea verde azulada se levantaba sobre las olas.

El capitán tomó su catalejo y observó con cuidado, luego una sonrisa le cruzó el rostro al tiempo que una fuerte brisa se empezó a sentir en los cuerpos de los hombres, el viento regresaba, la tierra estaba a la vista. ¡Lo lograrían!

-¡Es la Martinica! – anunció con alegría el rudo capitán. El viaje había terminado.

Gabriel Mathieu De Clieu prosperó como productor del coffea arábiga; llegó a ser nombrado gobernador de las islas veinte años después y fue bienvenido a las cortes del Rey Luis, nieto de aquel monarca a quien el militar había sustraído aquel esqueje que dió la vuelta a medio mundo para llegar a América; cincuenta años después de su llegada; se contabilizó la cantidad de más 50 millones de plantas descendientes de aquella pequeña pero sumamente resistente a la primera planta de café.

Autor: Efraín Cortez

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