Llegada del café en América. Blogonovela, parte 2
La historia de Gabriel Mathieu de Clieu y la planta de café que cruzó el Atlántico.
Blogonovela: la llegada del café a América.
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Gabriel Mathieu de Clieu, capitán de caballería de los Dragones Negros de la Guardia Real de Luis XIV, bebía vino blanco en su pequeño cuarto, dentro del cuartel que la guardia ocupaba a escasos minutos del Chateau de Versalles.
El calor del mediodía poco a poco daba paso a la brisa de la tarde. Algunas moscas buscaban alimentarse de los restos de pato asado que había sido su comida; pero el capitán solo había dejado los huesos del ave. Debería aprovechar para dormitar, como hacía la mayoría de los oficiales durante esas largas jornadas de vigilancia, pero el militar francés no podía dormir.
Se recostó en su amplio diván de cuero, la única pieza confortable de su cuarto, que hacía las veces de silla y cama al mismo tiempo. Su mente repasaba el plan que diseñaba desde hacía cinco años: cómo entrar al hermoso y resguardado palacio del Rey no era problema, pues él formaba parte de la exclusiva guardia que podía recorrer todo el enorme palacio en busca de sospechosos.
Gabriel y sus hombres eran encargados de vigilar los accesos, de proteger las instalaciones y de detener a cualquiera que se encontrase fuera del área que le había sido asignada. En todo el tiempo que había servido en Versalles solo tres veces había tenido problemas con visitantes extraviados, y solo una vez un hombre se presentó con la idea de retar al Rey Sol: un granjero que se había quedado sin su tierra por no pagar impuestos, armado con un hacha mellada y sin filo, cabalgando hacia una de las puertas del palacio.
Aunque sorprendió a la guardia que estaba de pie junto a la puerta enrejada, pintada con oro, tres mosqueteros subieron a sus monturas y persiguieron al intruso. En pocos minutos los caballos ágiles de los mosqueteros le dieron alcance y el más próximo desenfundó su sable y lo descargó fuertemente en el cuello del granjero. Sin un solo grito, la cabeza cayó al piso.
Ahora que el Rey Sol llegaba a sus 76 años, ya nadie se preocupaba por hacerle daño. Gabriel esperaba no tener que enfrentarse con ninguno de sus antiguos camaradas; por eso le daba vueltas a su plan, un proyecto que sentía ya estaba listo: ingresaría de madrugada al palacio y, tras distraer a cualquier guardia que anduviera cerca, se dirigiría rápidamente al invernadero, un área boscosa con miles de plantas de ornato, exóticas y nativas, que el Rey tenía como uno de sus tesoros más preciados.
A Gabriel le había costado cerca de tres años ubicar la planta que deseaba, escondida entre varios matorrales, en el laberinto de andadores que formaba la maleza: una frondosa planta de casi metro y medio de altura, cubierta de frutos en forma de pequeñas bayas de color verde pálido y rojo. Había estado allí desde hacía catorce años, cuando él mismo escoltó a la delegación holandesa que la trajo de regalo al Rey.
En todo ese tiempo, Gabriel había escuchado mucho sobre los beneficios de la bebida llamada café, cómo se volvía popular entre comerciantes, la clase alta y los plebeyos, quienes dejaban el té inglés por una buena taza de café. Pero el comercio de las semillas era controlado por Holanda y varios países árabes.
Gabriel tenía otros planes: hacerse de café, plantarlo y comercializarlo en el Nuevo Mundo y en Europa. El dinero de su sueldo lo había ahorrado con diligencia, y ahora estaba listo para comprar tierra en zonas tropicales, buscar de preferencia una isla donde nadie lo molestase, y hacerse rico comercializando la semilla de la coffea arábica. El problema era conseguir una planta, pero eso lo resolvería robando un esqueje de la que guardaba celosamente el Rey Sol desde hacía catorce años en su invernadero. Lo lograría, o se le iría la vida en ello.
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