Caja de MyCoffeeBox colgada entre las ramas de un cafeto cargado de cerezos, en un cafetal de Chiapas

Llegada del café a América. Blogonovela, parte 6

El abordaje pirata y la pelea que decide si el café llega a su destino.

Blogonovela: la llegada del café a América.
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Una hora después, Gabriel escuchó a los cañones rugir, el silbido de las balas y el crujido de la madera al recibir los impactos. Pocos minutos después, la sacudida del choque de los buques, junto con los gritos de marineros y piratas, llenó todos los espacios del barco francés. Lamentos, gritos de dolor, explosiones de cañones, el sonido de los sables al chocar, el crujir de maderas, insultos en francés y en marroquí, golpes, estampidos de mosquetones: toda la pelea por la vida que se libraba en las cubiertas del Normandie llegaba a los sentidos del capitán de mosqueteros.

Gabriel desenvainó su espada de ochenta centímetros de acero niquelado, doblemente afilada, y cargó su pistola de chispa; tendría solo un tiro, pero su puntería era muy buena.

Los sonidos se hicieron más cercanos: golpes en el pasillo, el grito de muerte de un marinero francés. La puerta del camarote se sacudió violentamente. “Es el momento”, pensó De Clieu, “van a entrar estos piratas”. Levantó la pistola y apuntó directamente a la puerta.

De una patada muy fuerte, la puerta se abrió; un enorme pirata, con una cimitarra que chorreaba sangre, apareció cauteloso, mirando a todos lados, pero sus ojos no se acostumbraron lo suficientemente rápido a la oscuridad del camarote. Dio dos pasos hacia dentro, quedando a escasos dos metros de Gabriel, quien con el brazo extendido y la pistola en alto no lo pensó más: accionó el gatillo y una fuerte explosión sonó al mismo tiempo que la chispa de la pólvora iluminaba por un segundo la estancia. El pirata nunca supo qué sucedió; la bala se incrustó entre las fosas nasales y cayó sin vida a los pies del mosquetero.

Una sacudida muy fuerte hizo trastabillar a De Clieu, quien guardó el arma humeante en su cinto y pasó la gran espada a su mano derecha, esperando que aparecieran otros piratas por la puerta. “Venderé cara mi vida”, pensaba con el corazón latiendo fuerte.

Pero los ruidos empezaron a disminuir. Escuchó pasos, personas corriendo en la cubierta encima de él; el barco se movió un poco a babor, luego se dejó escuchar el sonido de objetos cayendo al mar y enseguida gritos de júbilo, de triunfo. Los gritos eran franceses.

Gabriel salió del camarote y se encaminó a la cubierta, donde el sol bañaba de rojo y amarillo la escena de la pelea: cadáveres, en su mayoría de piratas, tirados por todos lados; manchas de sangre; varios marineros franceses también yacían muertos o heridos, y los que quedaban en pie auxiliaban a los menos lastimados.

El capitán del navío, con una espada en la mano, dirigía al personal; miró hacia el mar y vio al barco pirata alejándose rápidamente, con todas sus velas abiertas al máximo. En el agua, algunos piratas gritaban por ayuda mientras otros nadaban en dirección de su nave.

La lucha había terminado con la victoria de los marinos del Normandie. Gabriel sonrió, por fin seguro de que Dios permitiría que su misión terminara bien.

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